La primera entrevista no es un prólogo del tratamiento, sino su comienzo mismo. H. Etchegoyen
- El Equipo de Café Terapia

- 28 abr
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En Fundamentos de la técnica psicoanalítica, Horacio Etchegoyen nos propone una idea que, aunque pueda parecer simple, tiene una profundidad clínica decisiva: la primera entrevista no es un prólogo del tratamiento, sino su comienzo mismo. Esta afirmación, lejos de ser meramente teórica, redefine por completo la posición del terapeuta frente a ese primer encuentro.
Durante mucho tiempo —y aún hoy en ciertas prácticas— la primera entrevista ha sido concebida como un espacio preliminar: un momento para recolectar datos, evaluar, clasificar, decidir si el paciente “es apto” para determinado abordaje. Sin embargo, Etchegoyen nos invita a desplazar esa mirada. Desde su perspectiva, el acto clínico ya está en marcha desde el instante en que el paciente comienza a hablar.
No hay un “antes” neutral: hay ya transferencia , hay ya expectativas, hay ya una escena donde se juega algo del sufrimiento y algo de su posible transformación.
Esto implica, en primer lugar, una responsabilidad distinta. El terapeuta no escucha desde una posición exterior, sino implicada.
Cada intervención, cada silencio, cada gesto —incluso la forma de recibir al paciente— forma parte de la experiencia que el consultante tendrá de ese encuentro. Y esa experiencia es, muchas veces, decisiva. No porque determine de manera absoluta la continuidad, sino porque inaugura una forma de relación: o bien se instala un clima donde algo puede empezar a decirse, o bien se refuerza, quizás sin quererlo, la sensación de no ser comprendido.
Etchegoyen subraya con especial claridad que el objetivo de la primera entrevista no es solo comprender al paciente, sino que el paciente se sienta comprendido.
Esta distinción, que puede parecer sutil, es en realidad fundamental. Un terapeuta puede construir internamente una hipótesis diagnóstica muy sofisticada, pero si esa comprensión no logra traducirse en una experiencia accesible para quien consulta, la entrevista queda clínicamente incompleta. El paciente no necesita que se le explique una teoría sobre sí mismo; necesita percibir que alguien ha captado algo esencial de lo que le ocurre.
En este punto aparece otra tensión que Etchegoyen describe con precisión: la coexistencia entre el trabajo diagnóstico y la construcción del vínculo.
El terapeuta debe evaluar —estructura, motivo de consulta, indicación posible—, pero no puede hacerlo a costa de congelar la dimensión humana del encuentro. Cuando el diagnóstico se impone demasiado pronto, la escucha se rigidiza; cuando el vínculo se privilegia sin orientación, la entrevista pierde dirección. La técnica, entonces, no consiste en elegir entre uno u otro polo, sino en sostener ambos simultáneamente.
La escucha, en este marco, adquiere una cualidad particular. No se trata solo de atender a lo que el paciente dice, sino a cómo lo dice, a lo que se repite, a lo que se omite, a los desvíos del discurso.
La demanda manifiesta —“vengo porque estoy ansioso”, “no puedo dormir”, “me siento mal”— convive con una demanda latente que muchas veces no está formulada de manera directa. La primera entrevista es, en gran medida, un trabajo de aproximación a esa otra escena que no se presenta de forma evidente, pero que organiza el malestar.
Ahora bien, todo esto ocurre en un contexto donde la transferencia ya está operando. El paciente no llega “en blanco”: llega con expectativas, temores, ideas sobre lo que es un terapeuta, experiencias previas, fantasías de ayuda o de rechazo.
Y el terapeuta, a su vez, ocupa desde el primer momento un lugar en esa trama. La forma en que se posiciona —más distante, más cercano, más activo, más reservado— no es neutra. Por eso, la primera entrevista es también un espacio donde se empieza a configurar el tipo de vínculo posible.
Uno de los aportes más valiosos de Etchegoyen es su insistencia en la indicación responsable. No todo paciente requiere el mismo tipo de tratamiento, ni todo encuadre es adecuado para todos.
La primera entrevista debe permitir, además de comprender, orientar. A veces eso implicará proponer un proceso terapéutico; otras veces, sugerir otro tipo de abordaje o incluso derivar. Lejos de ser un gesto de rechazo, esta claridad técnica fortalece la confianza: el paciente percibe que hay un criterio, una posición, una ética en juego.
Finalmente, el cierre de la entrevista adquiere un valor particular. No se trata de “terminar la conversación”, sino de darle forma.
El paciente no debería retirarse en el mismo estado en que llegó. No necesariamente con una solución —eso sería ilusorio—, pero sí con una cierta elaboración, una orientación, una sensación de haber sido alojado en su palabra.
En ese cierre se condensa, muchas veces, la experiencia global del encuentro.
Recomendar la lectura de Etchegoyen no es solo sugerir un texto clásico de la técnica psicoanalítica. Es invitar a recuperar una mirada donde la práctica clínica se piensa con rigor, pero también con una profunda sensibilidad por lo que ocurre en el encuentro humano. En tiempos donde lo inmediato y lo instrumental tienden a imponerse, su planteo conserva una vigencia notable: la primera entrevista no es un trámite, es un acontecimiento.
Y en ese acontecimiento, si algo logra ponerse en juego —si el paciente se siente, aunque sea por un instante, verdaderamente escuchado— entonces ya ha comenzado, en sentido pleno, el trabajo terapéutico.




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