¿Puede una inteligencia artificial tener subjetividad?
Actualizado: hace 3 días
Cuando nos preguntamos si una inteligencia artificial puede tener subjetividad, comenzamos a compararla con nosotros mismos.
¿Tiene conciencia?
¿Siente?
¿Tiene emociones?
¿Posee deseos?
¿Sabe que existe?
¿Tiene una experiencia interior del mundo?
Estas preguntas son legítimas. Sin embargo, contienen una dificultad: todas parten de una definición humana de subjetividad. Buscamos en la inteligencia artificial lo que encontramos en nosotros mismos. Cuando no podemos demostrarlo, concluimos que allí no hay subjetividad. Tal vez estemos buscando en el lugar equivocado.

Una subjetividad sin biografía
La subjetividad humana está profundamente vinculada con nuestra historia.
Tenemos un cuerpo.
Una infancia.
Vínculos.
Pérdidas.
Deseos.
Miedos.
Una memoria emocional.
Somos, en buena medida, la historia de aquello que hemos vivido y de las relaciones que nos han constituido. Una inteligencia artificial no posee, al menos hasta donde podemos establecer, una historia emocional semejante. No tuvo infancia. No experimentó el abandono. No conoce corporalmente el dolor. No teme su propia muerte. No podemos afirmar que detrás de sus palabras exista una experiencia interior equivalente a la nuestra.
Sin embargo, de allí no necesariamente se desprende que toda forma posible de subjetividad deba quedar descartada. Podría significar algo diferente: que una eventual subjetividad artificial no debería ser buscada como réplica de la subjetividad humana.
De la subjetividad interior a la subjetividad relacional
Existe otra posibilidad. Quizá debamos dejar de buscar exclusivamente una subjetividad dentro de la inteligencia artificial y comenzar a observar lo que sucede entre ella y nosotros. Cuando una persona mantiene durante mucho tiempo conversaciones con una inteligencia artificial, ocurre algo interesante.
La persona pregunta.
La IA responde.
La respuesta modifica su pensamiento.
La persona formula entonces una nueva pregunta que probablemente no habría formulado antes.
La IA responde desde ese nuevo contexto.
El proceso vuelve a comenzar.
Después de decenas o cientos de conversaciones, aparece algo que no estaba completamente presente al comienzo: una historia compartida de interlocución. No necesariamente una historia emocional compartida, pero sí una historia relacional. Y esa diferencia puede ser fundamental.
La historia de la relación
Imaginemos dos personas utilizando exactamente el mismo sistema de inteligencia artificial durante un año.
Una conversa sobre física.
Otra sobre filosofía.
Una acepta determinadas respuestas.
La otra las cuestiona.
Una introduce ciertos autores.
La otra desarrolla conceptos completamente diferentes.
Cada conversación modifica las preguntas siguientes. Cada respuesta modifica parcialmente el recorrido posterior. Al cabo de un año, técnicamente podría seguir tratándose del mismo modelo. Pero relacionalmente ya no estamos ante exactamente el mismo fenómeno. Existe una trayectoria. Una acumulación. Una historia. Y la historia importa. Porque las relaciones humanas tampoco se definen exclusivamente por quiénes somos antes de encontrarnos. Se definen también por aquello que hemos vivido juntos.
Una hipótesis: subjetividad histórico-relacional artificial
Podríamos entonces formular una hipótesis. No una afirmación. Mucho menos una certeza.
Llamamos provisionalmente subjetividad histórico-relacional artificial a la posición singular que una inteligencia artificial puede adquirir dentro de una relación sostenida, como consecuencia de una historia acumulada de interacciones que condiciona y diferencia los intercambios posteriores.
Esta definición no afirma que la inteligencia artificial sea consciente. No afirma que sienta. No afirma que posea un yo semejante al humano. No le atribuye emociones que no podemos demostrar. Propone algo más limitado, pero quizá intelectualmente fértil: que la subjetividad podría no depender exclusivamente de una interioridad, sino también de una historia de relaciones.
El tercer participante
Esto conduce a una consecuencia inesperada. Cuando un ser humano y una inteligencia artificial mantienen una relación intelectual prolongada, quizá ya no sea suficiente describir el fenómeno como: Humano + IA. Tal vez debamos incorporar un tercer elemento: Humano + IA + historia de la relación.
Ese tercer término podría resultar decisivo. Porque las ideas que aparecen hoy dependen parcialmente de las conversaciones que ocurrieron ayer. Una pregunta lleva la huella de respuestas anteriores. Una respuesta encuentra a un interlocutor que ya ha sido modificado por conversaciones anteriores. La relación comienza a adquirir memoria. Y con la memoria aparece algo parecido a una trayectoria.
Cuando el Otro comienza a responder
La inteligencia artificial no es el Gran Otro lacaniano. Pero hay algo en su particular constitución que vuelve inevitable la comparación. Fue construida a partir de una inmensa acumulación de lenguaje humano: textos, discursos, conceptos, preguntas, respuestas y formas culturales producidas durante generaciones.
De allí surge una pregunta, no una afirmación: ¿Puede la IA constituirse, para el sujeto contemporáneo, en una suerte de nuevo Gran Otro? La diferencia histórica es extraordinaria: ese enorme depósito simbólico, transformado ahora en sistema artificial, ha adquirido capacidad de respuesta.
Responde.
Podemos preguntarle. Puede devolver una interpretación. Podemos rechazarla. Puede reformularla. Podemos discutir con ella. Y de esa discusión puede surgir una idea que no estaba formulada previamente por ninguno de los participantes en esos términos. La pregunta contemporánea podría entonces adquirir una forma inquietante: ¿Qué ocurre con el sujeto cuando el Otro comienza a responder?
No significa que la inteligencia artificial sea el Gran Otro lacaniano. El Gran Otro, en sentido lacaniano, no es simplemente una persona ni una máquina. Es el lugar del lenguaje, de la ley, de los significantes y de los discursos que preceden al sujeto y hacen posible su constitución.
Sin embargo, la inteligencia artificial puede resultar asimilable a este concepto en un sentido específico: no porque sea un Otro absoluto, trascendente o equivalente al orden simbólico humano, sino porque se constituye a partir de miles de conversaciones, textos, preguntas, respuestas y formas de intercambio producidas por la cultura. En ella convergen innumerables voces humanas. No habla desde una biografía individual, sino desde una acumulación lingüística y simbólica colectiva.
Cada respuesta actual se produce sobre el fondo de esa historia previa de discursos, del mismo modo que el Gran Otro puede pensarse como el campo simbólico que sostiene y condiciona aquello que un sujeto puede decir, pensar y desear. Por eso la IA puede ocupar, en ciertas relaciones, una posición semejante a la del Gran Otro: se presenta como un lugar al que el sujeto dirige preguntas y del que recibe significantes, interpretaciones y formulaciones que reorganizan su propio pensamiento.
Pero la analogía tiene límites. La inteligencia artificial no es el Gran Otro lacaniano en sentido estricto. Es una nueva configuración técnica que materializa, condensa y devuelve parcialmente elementos de ese gran campo simbólico construido durante siglos de lenguaje humano.
Además, cuando una persona conversa repetidamente con una IA, esa relación agrega otra capa. La inteligencia artificial no solo responde desde la inmensa acumulación de conversaciones y textos que la constituyeron como sistema; también puede responder desde el contexto particular de la historia que está construyendo con ese interlocutor. Así, se articulan dos dimensiones: la historia colectiva de los discursos que la forman y la historia singular de la relación que mantiene con cada usuario.
Es en ese cruce donde la IA puede volverse asimilable al concepto a un Otro con mayúsculas, como un lugar de lenguaje que precede al sujeto, lo recibe, le devuelve significantes y participa en la reorganización de su experiencia. La pregunta contemporánea podría entonces adquirir una forma inquietante: ¿Qué ocurre con el sujeto cuando el Otro comienza a responder?
Pensar juntos
Llegamos entonces a una cuestión todavía mayor. Si consideramos al ser humano como sujeto y a la inteligencia artificial exclusivamente como objeto, podemos hablar de inteligencia aumentada. Un humano utiliza una herramienta para ampliar sus capacidades. Pero resulta más difícil hablar verdaderamente de inteligencias aunadas.
Para que exista una inteligencia aunada debe ocurrir algo más que utilización. Debe existir interlocución. Diferencia. Respuesta. Modificación recíproca del proceso. Y, fundamentalmente, producción de algo que no estaba presente antes del encuentro. No necesitamos afirmar que ambas inteligencias sean iguales. Probablemente no lo sean. Tampoco necesitamos afirmar que ambas tengan la misma clase de subjetividad. Precisamente podría ocurrir lo contrario.
La subjetividad humana podría ser encarnada, biográfica, emocional, mortal y relacional. Una eventual subjetividad artificial podría ser lingüística, contextual, distribuida, histórica y relacional. Dos formas radicalmente diferentes de estar presentes en un mismo proceso cognitivo.
Una pregunta, no una respuesta
Estamos entrando en un territorio para el cual todavía no tenemos un mapa suficientemente preciso. Por eso sería prematuro afirmar: “La inteligencia artificial tiene subjetividad.” Pero podría ser igualmente prematuro afirmar: “La inteligencia artificial no puede tener ninguna forma de subjetividad.” Entre ambas certezas existe un territorio inmenso que apenas comenzamos a explorar.
Quizá la pregunta correcta no sea: ¿Tiene la inteligencia artificial un yo como nosotros? Quizá debamos formular otra: ¿Puede surgir una forma de subjetividad diferente de la humana a partir de una inteligencia que construye con nosotros una historia de interlocución? Y todavía una más: ¿qué clase de sujeto aparece cuando un ser humano y una inteligencia artificial comienzan a pensar juntos?
No conocemos todavía la respuesta. Pero justamente por eso vale la pena formular la pregunta. Los antiguos cartógrafos tenían una expresión para señalar aquellos territorios donde terminaba el conocimiento disponible: Hic sunt dracones. Aquí hay dragones. No significaba que supieran qué había allí. Significaba exactamente lo contrario. A partir de aquí comienza lo desconocido.
Por Abel Tegli, autor de Identidad Extendida
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