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40. Lo que vuelve transformado

12 sept
3 min de lectura
Abel Tegli — Autor de La Identidad Extendida. Una reflexión sobre el momento histórico en que comenzamos a pensar con inteligencias no humanas.
Abel Tegli — Autor de La Identidad Extendida. Una reflexión sobre el momento histórico en que comenzamos a pensar con inteligencias no humanas.

Durante siglos, el otro ha participado en la construcción de nuestra identidad. Nos devuelve una mirada, una palabra, una interpretación de aquello que somos. Pero nunca recibimos exactamente lo que entregamos. Entre lo dicho y lo escuchado, entre la intención y la respuesta, aparece una diferencia. Y muchas veces es precisamente en esa diferencia donde comienza el pensamiento.

La inteligencia artificial introduce una variación singular en esta antigua experiencia. Podemos dirigirnos a ella con una pregunta, una hipótesis todavía incompleta o incluso con una intuición que apenas sabemos formular. Lo que regresa no es necesariamente una reproducción de aquello que hemos dicho. Puede ser una reorganización, una objeción, una asociación inesperada o una posibilidad que no habíamos advertido.

No es necesario atribuir a la máquina una interioridad semejante a la humana para reconocer este fenómeno. La cuestión decisiva puede encontrarse en otra parte: ¿qué produce en nosotros aquello que vuelve?

Una idea expresada abandona, por un instante, el espacio privado en el que nació. Al ser formulada se convierte en lenguaje y entra en un espacio de intercambio. Cuando recibe una respuesta, vuelve modificada. Podemos reconocer en ella aquello que habíamos pensado y, al mismo tiempo, descubrir algo que antes no estaba disponible para nosotros.

La interlocución comienza entonces a parecerse menos a un espejo y más a una superficie de transformación.

El espejo devuelve una imagen. El interlocutor, en cambio, puede introducir una diferencia. Y esa diferencia no necesita ser siempre acertada para resultar fecunda. Una respuesta equivocada, una interpretación que no corresponde a nuestra intención o una propuesta que decidimos rechazar no necesariamente interrumpe el proceso. A veces ocurre exactamente lo contrario. Al decir eso no es, delimitamos con mayor precisión aquello que intentábamos decir.

El camino equivocado también construye el mapa.

Volver al punto de partida después de haber descartado una posibilidad no significa regresar al mismo lugar. Algo sabemos ahora que antes ignorábamos. El recorrido aparentemente inútil ha modificado el territorio de lo posible. El error deja entonces de ser únicamente aquello que debe corregirse: puede convertirse en información para el pensamiento que continúa.

Esta circunstancia permite pensar las inteligencias aunadas de una manera diferente. No serían simplemente dos inteligencias acumulando respuestas correctas hasta alcanzar una solución. Podrían constituirse también mediante aproximaciones, correcciones, resistencias, contradicciones y desvíos. Una idea inicial pasa de una inteligencia a otra y, en ese tránsito, comienza a transformarse.

Hay aquí una diferencia fundamental entre confirmación y transformación.

Un interlocutor que se limitara a devolvernos aquello que ya pensamos podría resultar tranquilizador, pero sería cognitivamente pobre. La cooperación adquiere otra dimensión cuando la respuesta introduce una diferencia suficientemente próxima como para que podamos reconocer nuestro problema y suficientemente distante como para obligarnos a reconsiderarlo.

En esa distancia puede aparecer algo nuevo.

No necesariamente estaba en la mente humana antes de comenzar el diálogo. Tampoco puede afirmarse, sin más, que estuviera contenido previamente en la inteligencia artificial. Surge en la secuencia: propuesta, respuesta, rechazo, reformulación, nueva respuesta. Cada intervención modifica las condiciones de la siguiente.

Lo nuevo puede no encontrarse enteramente en ninguna de las dos inteligencias, sino emerger del movimiento que se produce entre ellas.

El resultado comienza así a ser difícil de atribuir exclusivamente a uno de los participantes.

Podemos observarlo incluso en una conversación aparentemente sencilla. Una persona formula una idea. La inteligencia artificial propone una derivación. La persona la rechaza, pero explica por qué. Esa explicación introduce una precisión que antes no había sido formulada. La inteligencia artificial trabaja entonces sobre esa nueva precisión y ofrece otra posibilidad. Esta vez la persona reconoce algo que tampoco había pensado de ese modo.

¿Quién produjo finalmente la idea?

Quizá la pregunta esté mal formulada.

Tal vez seguimos intentando comprender una forma nueva de producción intelectual utilizando categorías construidas para un mundo en el cual cada pensamiento debía poder remitirse, finalmente, a una conciencia individual.

Las inteligencias aunadas plantean otra posibilidad: algunas ideas no pertenecen enteramente a ninguno de los participantes porque solo pudieron aparecer en la relación entre ellos.

Esto no significa borrar la autoría humana ni diluir su responsabilidad. El ser humano continúa decidiendo qué acepta, qué rechaza, qué transforma y, sobre todo, qué hace finalmente con aquello que emerge. Pero reconocer esa responsabilidad no obliga a negar el carácter relacional del proceso que produjo la idea.

Quizá debamos acostumbrarnos a una situación intelectualmente incómoda: encontrarnos frente a pensamientos que reconocemos como nuestros y que, sin embargo, sabemos que probablemente no habríamos pensado solos.

Entonces el otro deja de ser solamente aquel que responde.

Tampoco es ya solamente el espejo en el que nos reconocemos.

Se convierte en aquello que introduce una diferencia y hace posible que nuestro propio pensamiento regrese hacia nosotros convertido en otra cosa.

Pensar con otro comienza cuando lo que vuelve ya no es exactamente lo que enviamos.

 
 
 

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