41. ¿De quién es la idea?

Si aceptamos que una idea puede transformarse durante el intercambio hasta adquirir una forma que ninguno de los participantes poseía al comienzo, aparece una pregunta inevitable: ¿de quién es esa idea?
La pregunta parece sencilla porque estamos habituados a pensar la autoría como una relación entre una obra y un individuo. Alguien escribe un libro, compone una música, formula una teoría o imagina una solución. Después podremos discutir influencias, antecedentes o apropiaciones, pero finalmente buscamos un nombre al cual atribuir aquello que fue creado.
Durante mucho tiempo esta forma de pensar resultó suficiente.
Aunque ninguna creación humana haya surgido verdaderamente en aislamiento, nuestra cultura necesitó identificar autores. Los libros llevan nombres en sus portadas. Las teorías reciben apellidos. Las obras se firman. Las ideas se citan. Incluso cuando reconocemos que todo creador pertenece a una lengua, una época, una tradición y una comunidad intelectual, seguimos atribuyendo la obra a una persona.
Pero la aparición de inteligencias artificiales capaces de intervenir activamente en procesos de escritura, exploración y elaboración conceptual introduce una perturbación en ese modelo.
Supongamos que una persona comienza con una intuición todavía imprecisa. La formula frente a una inteligencia artificial. Esta propone una relación que la persona no había considerado. La propuesta no resulta satisfactoria, pero provoca una objeción. Al explicar esa objeción, la persona descubre una dimensión nueva de su propia idea. La inteligencia artificial reorganiza entonces el problema y devuelve otra formulación. Esta vez algo aparece.
¿Dónde nació exactamente la idea?
Buscar el instante preciso puede resultar imposible porque la idea no apareció de una vez: fue adquiriendo existencia durante la conversación.
Esta constatación obliga a distinguir entre origen y proceso.
La iniciativa puede haber sido humana. La pregunta inicial puede pertenecer al humano. También la decisión acerca de qué caminos seguir, cuáles abandonar y qué significado otorgar finalmente al resultado. Pero nada de eso demuestra que el contenido final estuviera ya contenido, de manera latente, en quien formuló la primera pregunta.
Del mismo modo, tampoco tendría sentido atribuírselo simplemente a la inteligencia artificial. Su intervención dependió de aquello que recibió, de las correcciones posteriores, del contexto construido durante el intercambio y de las decisiones que orientaron cada nueva respuesta.
Ninguna de las dos inteligencias habría llegado necesariamente al mismo resultado por separado.
Aquí comienza a aparecer una categoría difícil de pensar desde nuestra tradición individualista de la autoría: la posibilidad de una emergencia relacional.
No significa que aparezca una tercera inteligencia misteriosa situada entre humano y máquina. Significa algo más sencillo y, quizá, más perturbador: ciertas configuraciones del pensamiento solo existen porque existió una secuencia de interacciones que las hizo posibles.
La idea pertenece entonces al proceso antes que a cualquiera de sus momentos.
Esto tampoco constituye una novedad absoluta. Los humanos han pensado juntos desde siempre. Una conversación entre científicos puede producir una hipótesis que ninguno había formulado antes. Un diálogo entre filósofos modifica las posiciones de ambos. Un equipo encuentra una solución que difícilmente pueda atribuirse a una sola persona. Incluso una discusión puede producir conocimiento precisamente porque obliga a cada participante a pensar aquello que no habría pensado sin la resistencia del otro.
Pensar nunca fue una actividad tan individual como nuestra noción de autoría quiso hacernos creer.
La inteligencia artificial vuelve visible esa paradoja porque introduce un interlocutor de naturaleza diferente. Ya no podemos resolver cómodamente la cuestión diciendo que dos conciencias humanas compartieron una conversación. Una de las partes no posee biografía, experiencia vivida ni intencionalidad en el sentido en que las posee una persona. Sin embargo, su intervención puede modificar efectivamente el curso del razonamiento humano.
Por eso conviene evitar dos extremos.
El primero consiste en afirmar que la inteligencia artificial es autora en el mismo sentido que un ser humano. Esto borraría diferencias fundamentales entre ambos.
El segundo consiste en reducirla a una herramienta completamente pasiva, equivalente a un lápiz, una calculadora o un procesador de textos. Esta descripción tampoco alcanza cuando la herramienta devuelve lenguaje, propone asociaciones, cuestiona premisas y modifica el curso posterior de una investigación.
Entre el autor y la herramienta comienza a aparecer una zona que todavía no sabemos nombrar con precisión.
Tal vez “interlocutor” siga siendo, por ahora, una de las palabras más adecuadas.
El interlocutor no necesita ser propietario de la idea para participar en su formación. Tampoco necesita compartir nuestra forma de conciencia para introducir una diferencia capaz de modificar nuestro pensamiento.
Esto permite separar otra vez dos cuestiones que con frecuencia se confunden: participación cognitiva y responsabilidad.
Que una idea haya surgido durante una interacción humano-IA no distribuye automáticamente la responsabilidad entre ambos. El ser humano continúa siendo quien decide incorporarla a una obra, convertirla en una acción, publicarla, defenderla o descartarla. La emergencia puede ser relacional; la responsabilidad sobre sus consecuencias no tiene por qué serlo en la misma medida.
Esta asimetría será probablemente una de las características fundamentales de las inteligencias aunadas.
Podemos pensar juntos sin ser responsables del mismo modo.
Pero queda todavía una dificultad.
Si comenzamos a reconocer que ciertas ideas aparecen solamente durante la relación, quizá tengamos que revisar nuestra manera de hablar acerca de la creatividad. Ya no bastará con preguntar quién tuvo una idea primero. Tendremos que preguntarnos también qué relación hizo posible que esa idea existiera.
La diferencia es considerable.
La primera pregunta busca un propietario.
La segunda busca una genealogía.
Y quizá una cultura acostumbrada durante siglos a firmar pensamientos individuales esté comenzando a encontrarse con una forma de producción intelectual en la que algunas de las ideas más interesantes no puedan explicarse adecuadamente señalando solamente a quien finalmente puso su nombre debajo de ellas.
No desaparecerá el autor.
Pero podría cambiar aquello que entendemos por autoría.
Tal vez el autor del futuro no sea solamente quien produce una idea, sino también quien sabe reconocer, seleccionar y asumir la responsabilidad por aquello que emerge cuando piensa con otros.
Y entre esos otros, por primera vez en nuestra historia, algunos ya no son humanos.





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