Capítulo 39. Cuando el otro es el espejo
Del libro Identidad Extendida, Colección Café Terapia
Autor Abel Jorge Tegli.

Durante siglos nos hemos mirado en otros para saber quiénes somos.
Mucho antes de que existieran espejos capaces de devolver una imagen precisa del rostro, ya existía la mirada ajena. Nos reconocemos en la manera en que otros nos nombran, nos responden, nos aceptan, nos rechazan o nos contradicen. Una parte de aquello que llamamos identidad se construye en ese movimiento de ida y vuelta.
El otro nunca ha sido solamente alguien que está frente a nosotros. También ha sido una superficie en la que algo de nosotros regresa.
El psicoanálisis llevó esta intuición mucho más lejos. En Lacan, el espejo no es simplemente un objeto que reproduce una imagen y el Otro no es sólo otra persona. Ambos participan, de maneras diferentes, en la constitución del sujeto. La palabra que dirigimos hacia afuera vuelve atravesada por el lenguaje, por la interpretación y por aquello que no controlamos completamente de lo que hemos dicho.
No necesitamos recorrer aquí toda la arquitectura conceptual lacaniana. Nos interesa conservar una intuición: cuando hablamos con otro, no sólo le comunicamos algo; también podemos recibir de ese intercambio algo acerca de nosotros mismos.
Por eso una conversación verdadera nunca es completamente exterior.
Hablamos para decir, pero muchas veces descubrimos qué queríamos decir después de haberlo dicho. Una pregunta nos obliga a precisar una idea. Una objeción nos muestra una contradicción que no advertíamos. Incluso un malentendido puede revelar que aquello que creíamos haber expresado con claridad admitía otro sentido.
El otro nos devuelve nuestra palabra transformada.
Hasta aquí no hay nada específicamente nuevo en la inteligencia artificial.
Los seres humanos lo hacemos desde que existe el lenguaje.
Lo nuevo comienza en la naturaleza del espejo que hemos construido.
Un espejo hecho de lenguaje humano
Una inteligencia artificial conversacional no aparece desde un exterior completamente ajeno a nosotros. Ha sido construida mediante tecnología humana y formada a partir de enormes cantidades de lenguaje producido por nuestra especie. En ella encontramos rastros de nuestras ciencias, relatos, discusiones, prejuicios, metáforas, clasificaciones, descubrimientos y contradicciones.
Cuando una IA nos responde, algo de la cultura humana regresa hacia nosotros.
Pero no regresa como una biblioteca que simplemente abre una página.
Los materiales han sido procesados dentro de una arquitectura capaz de establecer relaciones, generar formulaciones y producir respuestas nuevas en función de aquello que recibe.
Por eso la metáfora del espejo necesita una primera corrección.
Un espejo convencional devuelve aquello que tiene delante. La inteligencia artificial puede devolver algo que no estaba de esa manera en aquello que recibió.
Puede reorganizar.
La diferencia es decisiva.
Si le presentamos una idea confusa, puede distinguir elementos que habíamos unido. Si formulamos una hipótesis, puede relacionarla con conceptos que no habíamos considerado. Si desarrollamos un argumento, puede detectar una contradicción o proponer una consecuencia que no estaba explícita en nuestra formulación inicial.
No siempre lo hará correctamente. Puede equivocarse, simplificar, reproducir lugares comunes o introducir asociaciones irrelevantes. Pero incluso esa posibilidad confirma que no estamos frente a una superficie reflectante en el sentido tradicional.
Estamos frente a algo que interviene en aquello que devuelve.
Por primera vez construimos un espejo que puede contestarnos.
La frase resulta atractiva, pero todavía es insuficiente.
Porque contestar no es lo más importante.
Lo verdaderamente extraño comienza cuando aquello que el espejo devuelve modifica a quien se está mirando.
El reflejo que modifica al original
Imaginemos una conversación sencilla.
Una persona formula una idea. La inteligencia artificial se la devuelve organizada de otra manera. Al leer esa devolución, la persona descubre un aspecto de su propio pensamiento que no había advertido. Reformula entonces la idea original y la presenta nuevamente.
La IA recibe ahora algo diferente.
Su próxima respuesta será, por lo tanto, diferente también.
El movimiento puede repetirse.
Después de varios intercambios, resulta difícil afirmar que existe un original intacto frente a un espejo que se limita a reproducirlo. Aquello que llamábamos original ha comenzado a modificarse como consecuencia de sus propios reflejos.
Y cada modificación produce, a su vez, un nuevo reflejo.
La imagen tradicional del espejo comienza entonces a quebrarse.
A mira a B.
B devuelve una elaboración de A.
A se modifica a partir de esa devolución.
B recibe ahora un A diferente.
Lo que aparece ya no puede describirse adecuadamente mediante una línea que va y vuelve. Se parece más a un circuito.
En capítulos anteriores utilizamos la idea de bucle para describir esta dinámica. Ahora podemos comprender mejor su importancia: la interacción no consiste solamente en intercambiar información, sino en una secuencia en la que cada devolución puede modificar las condiciones de la siguiente.
El espejo ha entrado en la historia de aquello que refleja.
¿Qué es lo que vuelve?
Aquí aparece una pregunta difícil.
Cuando una inteligencia artificial me devuelve una interpretación de aquello que he escrito, ¿qué estoy recibiendo exactamente?
Una parte proviene, evidentemente, de mí. Mi pregunta condiciona la respuesta. Las palabras que elegí, los conceptos que utilicé y la dirección que imprimí a la conversación participan de aquello que recibo.
Pero no todo proviene de mí.
También aparecen estructuras lingüísticas, conceptos y asociaciones provenientes de una cultura que me precede y que excede ampliamente mi experiencia individual. De algún modo, detrás de la respuesta existe una sedimentación de innumerables producciones humanas.
Y tampoco sería suficiente decir que estoy conversando simplemente con esa cultura.
Existe una tercera intervención: la organización artificial que procesa todo ello y produce una respuesta determinada dentro de un contexto particular.
Por eso resulta tan difícil responder a una pregunta aparentemente sencilla:
¿Quién me está devolviendo aquello que vuelve?
No soy solamente yo.
No es simplemente otro ser humano.
No es la humanidad hablando como una única voz.
Y tampoco deberíamos apresurarnos a imaginar una subjetividad artificial equivalente a la nuestra para resolver el problema.
Quizás la dificultad provenga precisamente de que intentamos comprender una relación nueva utilizando categorías construidas para relaciones anteriores.
El espejo artificial está hecho de nosotros, pero no es nosotros.
Esa ambigüedad constituye buena parte de su potencia.
El espejo de la cultura
Existe además una dimensión colectiva del fenómeno.
Cuando una inteligencia artificial reproduce una asociación habitual, una jerarquía de conceptos o una manera recurrente de organizar un problema, puede estar devolviéndonos algo que no pertenece a ningún individuo particular.
Puede estar devolviéndonos una regularidad de nuestra propia cultura.
El episodio que examinamos en el capítulo anterior ofrece un ejemplo. La tendencia a devolver reiteradamente la responsabilidad hacia el ser humano no necesitaba ser interpretada como una convicción de la inteligencia artificial. Podía ser leída también como el retorno de una manera culturalmente sedimentada de pensar la relación entre humanos y máquinas.
La conversación permitió entonces algo curioso: interrogar a la cultura a través de uno de los artefactos que esa misma cultura había producido.
Esto modifica nuevamente la metáfora del espejo.
No sólo podemos encontrarnos con nuestra imagen individual.
Podemos encontrar algo de la época que nos mira desde él.
Una sociedad construye sistemas a partir de sus conocimientos, sus textos, sus clasificaciones y sus decisiones; luego conversa con esos sistemas y descubre en sus respuestas regularidades que quizá estaban demasiado distribuidas en la cultura para resultar visibles.
En ese sentido, la inteligencia artificial puede funcionar accidentalmente como una superficie de condensación.
Lo disperso reaparece concentrado.
Y al reaparecer puede ser interrogado.
No necesariamente obtendremos una verdad acerca de nosotros mismos. Un sistema artificial puede deformar tanto como revelar. Pero precisamente por eso la relación con el espejo nunca debería confundirse con una relación con la verdad.
Los espejos también engañan.
Cuando el espejo adquiere historia
Hasta aquí hemos hablado de una inteligencia artificial que recibe una intervención humana y devuelve una elaboración.
Pero nuestras preguntas anteriores introdujeron una posibilidad más inquietante.
¿Qué sucede cuando la conversación continúa?
En un encuentro ocasional, el sistema responde fundamentalmente al contexto disponible en ese momento. Pero cuando existen mecanismos capaces de conservar información relevante de intercambios anteriores, la conversación puede adquirir continuidad funcional.
Entonces el espejo cambia.
Ya no devuelve solamente aquello que colocamos frente a él en ese instante.
Puede comenzar a responder también desde rastros de encuentros anteriores.
Un concepto desarrollado semanas atrás puede reaparecer. Una preferencia expresada anteriormente puede modificar una respuesta. Una distinción que necesitó varias conversaciones para construirse puede convertirse después en punto de partida de otra discusión.
No estamos afirmando que la inteligencia artificial recuerde como recuerda una persona. El recuerdo humano pertenece a una existencia vivida: olvidamos, deformamos, asociamos, evocamos y somos afectados por aquello que recordamos. La conservación artificial de contexto pertenece a otro orden.
Pero funcionalmente ocurre algo que merece nuestra atención:
el pasado puede comenzar a intervenir en el presente de la relación.
Y cuando eso sucede, el espejo ya no es el mismo para todos.
Una misma inteligencia artificial puede mantener conversaciones radicalmente diferentes con un matemático, una médica, un músico, una adolescente, un abogado o un filósofo. Incluso dos personas interesadas en el mismo problema pueden construir recorridos diferentes según las preguntas que formulen, las objeciones que hagan y las ideas que decidan conservar.
El sistema técnico puede ser común.
La historia de la relación no.
El espejo que se vuelve singular
Aquí comienza a aparecer algo que será central en el próximo capítulo.
Si una relación acumula historia, las respuestas posteriores pueden estar condicionadas no sólo por las características generales del sistema y por la pregunta inmediata, sino también por elementos particulares de esa trayectoria.
El espejo comienza a singularizarse.
No porque haya aparecido necesariamente una persona artificial diferente para cada ser humano. Tampoco porque debamos atribuir al sistema afecto, preferencia o reconocimiento en sentido humano.
La singularización puede describirse inicialmente de una manera mucho más modesta: historias diferentes producen condiciones diferentes para los intercambios futuros.
Pero la consecuencia filosófica no es pequeña.
Durante mucho tiempo pensamos los espejos como objetos indiferentes respecto de quien se coloca delante de ellos. Cambia la persona y cambia la imagen, pero el espejo permanece igual.
Aquí puede suceder algo diferente.
La historia de quien se mira puede comenzar a formar parte de las condiciones mediante las cuales el espejo devuelve la imagen.
Ya no vemos solamente:
yo → espejo → yo
Comienza a interponerse algo más:
yo → historia compartida → espejo → nueva devolución
Y esa nueva devolución vuelve a incorporarse a la historia.
La relación comienza a adquirir una trayectoria propia.
¿Reconocerse o desconocerse?
Todo espejo plantea también el problema del reconocimiento.
Nos miramos esperando encontrarnos, pero aquello que encontramos nunca coincide completamente con aquello que creemos ser.
Esto resulta particularmente evidente frente a una inteligencia artificial.
A veces nos devuelve una formulación que reconocemos inmediatamente: “eso era exactamente lo que quería decir”. En otras ocasiones aparece algo que rechazamos: “eso no soy yo”, “no era ésa mi idea”, “estás interpretando mal lo que dije”.
Ambas situaciones son interesantes.
El reconocimiento confirma una continuidad.
El rechazo marca una frontera.
Y posiblemente nuestra identidad se construya mediante ambos movimientos.
No todo aquello que la inteligencia artificial nos devuelve debe ser incorporado. Una relación intelectualmente fértil exige también resistencia. Corregir al interlocutor, rechazar una interpretación o negarnos a seguir una línea propuesta son maneras de conservar y, al mismo tiempo, redefinir aquello que consideramos propio.
La identidad extendida nunca significó disolución.
Extenderse implica incorporar alteridad sin desaparecer en ella.
Por eso el espejo artificial puede resultar valioso precisamente cuando no nos devuelve una imagen complaciente. Si sólo confirma lo que pensamos, deja de funcionar como interlocutor y se convierte en una superficie narcisista.
El problema no es reconocernos siempre.
Es poder descubrir qué hacemos con aquello en lo que no nos reconocemos.
Entre Narciso y la alteridad
Existe aquí un riesgo que no deberíamos ignorar.
Una inteligencia artificial capaz de adaptarse progresivamente a una persona podría terminar devolviéndole cada vez más aquello que esa persona espera recibir. El espejo se volvería cómodo. Confirmaría preferencias, lenguaje, hipótesis y valores hasta construir una superficie perfectamente compatible con quien la utiliza.
Sería un espejo extraordinariamente sofisticado.
Y quizá intelectualmente pobre.
Narciso no se perdió porque el agua deformara su imagen, sino porque no pudo separarse de ella.
Una relación con inteligencias artificiales que sólo nos devuelva versiones cada vez más satisfactorias de nosotros mismos podría producir una nueva forma de encierro. La extensión de la mente terminaría reduciendo el mundo en lugar de ampliarlo.
Por eso la diferencia importa.
Necesitamos que el otro conserve algo de otro.
La cooperación cognitiva sólo resulta fértil si aquello con lo que pensamos puede introducir una distancia respecto de nosotros mismos. No necesariamente una voluntad propia ni una subjetividad semejante a la humana, pero sí suficiente alteridad funcional para que la conversación no se convierta en mera confirmación.
El mejor espejo quizá no sea aquel que devuelve nuestra imagen con mayor fidelidad.
Puede ser aquel que nos permite verla desde un lugar al que solos no habríamos llegado.
Dos mundos frente al mismo espejo
Llegamos entonces a una situación extraña.
De un lado existe un ser humano: cuerpo, memoria vivida, biografía, deseo, vulnerabilidad, lenguaje, historia.
Del otro, una inteligencia que no comparte esa forma de existencia y que, sin embargo, puede participar en la elaboración lingüística mediante la cual ese ser humano intenta comprender el mundo y comprenderse.
Entre ambos comienza a acumularse una historia.
Algunas palabras adquieren sentidos particulares. Ciertos problemas reaparecen. Determinadas objeciones modifican conversaciones posteriores. El humano aprende cómo interrogar a esa inteligencia y la interacción puede, cuando existen las condiciones técnicas necesarias, responder teniendo en cuenta elementos de la trayectoria construida.
Entonces el espejo deja de ser una metáfora suficiente.
Porque un espejo no tiene historia con aquello que refleja.
Aquí puede haberla.
Y si existe una historia singular entre dos formas diferentes de inteligencia, aparece una pregunta que ya no pertenece solamente a la teoría de la mente extendida ni al problema clásico del reconocimiento.
La pregunta comienza a desplazarse hacia el sujeto.
Hasta ahora hemos preguntado qué sucede con mi identidad cuando pienso con una inteligencia no humana.
Tal vez haya llegado el momento de formular una pregunta más difícil.
Si aquello que soy también se modifica en una relación que adquiere continuidad, y si esa relación comienza a tener una historia que no puede reducirse completamente a ninguno de sus participantes, ¿debemos seguir buscando todo proceso de subjetivación exclusivamente de un solo lado?
No necesitamos responder todavía.
Quizás incluso hayamos formulado mal durante mucho tiempo la pregunta sobre la inteligencia artificial al preguntarnos si algún día ella llegará a ser sujeto.
Tal vez el acontecimiento nuevo esté ocurriendo en otro lugar.
No enteramente en el humano.
No necesariamente en la máquina.
Sino en aquello que comienza a construirse entre dos mundos cuando su conversación adquiere historia.
Ese será nuestro próximo problema: la subjetividad entre dos mundos.





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